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"El atípico" - Cuento de Jorge A. Baudés

Literatura: “El atípico”, por Jorge A. Baudés

Se levantó más temprano que de costumbre. El calor de los radiadores le quitaba el aire. Necesitaba caminar, despejar sus ideas, oxigenarse.Se sorprendió al abrir la ventana y advertir que el invierno sería más crudo que de costumbre. Estaba nevando. No era habitual, tan próximo al mar como se encontraba. Se abrigó. Controló que las ventanas permanecieran cerradas. Transpuso la puerta…La calle se lo tragó en un segundo en su magia blanca. No había nadie más allí. Todo reposaba en una pasmosa calma. Las calles congeladas por el hielo seguramente acobardaban a más de un transeúnte y a los vehículos que normalmente atiborraban las mismas en una frenética puja por ocupar, contra la ley de Arquímedes, el mismo lugar, al mismo tiempo.Dejó, detrás suyo, los barrios residenciales y se internó en la zona comercial.Observó que los pocos edificios que aún mantienen su estirpe señorial de épocas rutilantes fueron rescatados para guarecer expresiones culturales, acosadas también por un mundo vertiginoso que no se detiene ya a contemplarlas.Entonces, la vio.La original cartelera que anunciaba la entrada del Museo de Artes Visuales había sufrido, una vez más, la mano vandálica de la descultura o en realidad, la cultura de los que se automarginan en su superación personal. Una de las mayólicas que artesanalmente habían sido colocadas formando una sugerida propuesta, había sido despiadadamente arrancada. El mensaje quedaba desdibujado. O tal vez…allí comenzaba realmente…Caminó aturdido. Pasaron un par de horas. Los comercios, comenzaron a desperezarse y las primeras cortinas metálicas dejaron oír sus chirridos al desplazarse por sus vencidos y oxidados rieles.Buscó casi desesperadamente. Entró en un negocio atiborrado de materiales de construcción y con gran minuciosidad se entretuvo en el sector de los cerámicos.Un empleado concurrió a auxiliarlo en el preciso momento en que a él se le esbozaba una sonrisa de placer. La consternación del vendedor fue mayor aún al advertir que la ambiciosa y pertinaz búsqueda se había limitado a una pequeña baldosa cerámica de color terracota, de la que abundaban con seguridad en patios y salones.El hombre se retiró con su preciada carga que incluía asimismo un pequeño envase con pegamento instantáneo.A pocas cuadras de allí, momentos des
pués un reluciente cartel retomaba su anterior prestancia…Volvió a su casa. Se sentía artífice de una gran conquista. Se recostó pensando en la gente que ahora podría identificar el lugar, ingresar al recinto, gozar con una cuota de humanismo, que se alejaría del plástico y de las máquinas y sus corazones volverían a vibrar, sensibles.Estaba satisfecho de su obra. No tenía más proyectos por el momento. Otro, seguramente, pondría la siguiente baldosa de cerámica si hiciere falta. Él, se recostó en su cama y esbozando nuevamente una gran sonrisa, se olvidó de respirar…

Seudónimo: “Horizonte en llamas”
* Playa Unión - Chubut

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