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La parábola... - Capítulo I - Daniel Aníbal Galatro

LA PARÁBOLA DE LA TIERRA NEGRA Y DE LA TIERRA ROJA

© Daniel Aníbal Galatro - dgalatrog@hotmail.com 


Capítulo 1: La Creciente

(La reproducción de este capítulo está autorizada
mencionando el nombre de la obra completa y el de su autor)

Veinte años antes todo era muy distinto. Mi casa, ni siquiera en algo comparable a la más pequeña de las mansiones que hoy poseo, ni a la más modesta vivienda del más modesto de mis servidores. Apenas una cabaña de carcomidas maderas sostenida como por milagro sobre desgarbados postes. Junto al río marrón de espaciadas márgenes sufría yo la cotidiana miseria del pescador con redes remendadas que colaban unas aguas vacías de riquezas, asesinadas por petróleo y residuos industriales.

Pobre de todas las pobrezas. Sin un espíritu avisado, sin un amor, sin hijos, sin pescados.

Resignado a vivir así para siempre, sumergía mi pena ya en el río marrón vacío de vida ya en la oscuridad del vino más barato.

Sentado sobre la rugosidad incómoda de un tronco con el que compartía una noche cualquiera de otoño, sentía cómo se iban esfumando de mi cerebro los últimos vapores del cotidiano consuelo. Vagaba mi mirada oteando la creciente que se iba viniendo, como siempre, inevitable. La sudestada encrespaba el lomo del líquido felino que preparaba sus garras.

Trepaban las aguas con cortos empellones, jadeando en un brazo fecundo en destrucción. Lamían en su ida troncos verdes y secos tocones, buscando en su regreso arrastrarlos consigo hacia las profundidades bravas de su bullente interior.

Latía el río con pulsación creciente. Cabeceaba insistentemente contra el temeroso murallón incapaz de contener la furia desatada.

Yo solamente atinaba a mirar ese enemigo terrible, a mirarlo como implorando sin fe con un malestar interior muchas veces sentido antes.

Crecía sin pausa aunque sin prisa. Algunas veces el chapoteo de un tronco engullido por sus fauces cortaba la sinfonía rugiente. Mi casa en la ribera aguardaba el juicio de la naturaleza hirviente.

Hasta que al fin llegó la hora de los camalotes. Arrancados de su transitorio reposo en las orillas reiniciaban su viaje marcado desde siempre. Hacia el mar, río abajo, donde quisiera llevarlos la impiadosa correntada entre remolinos alocados, hasta otro puerto vegetal, hasta otra playa, transitorio refugio donde aguardar en calma la siguiente sudestada.

Uno de esos camalotes, ni grande ni pequeño, encalló a pocos metros del tronco sobre el que me hallaba. Se agitó unos momentos tratando de zafar del abrazo múltiple de la orilla, se aquietó al fin resignándose y allí quedó, ascendiendo con el río que aún bramaba.

Por el tenue reflejo de una luna que ocultaba parcialmente su rostro entre las nubes bajas para no ver el daño que el agua inclemente causaba en la indefensa ribera, noté que sobre el camalote algo brillaba. Un trozo de metal, pensé, resto de algún naufragio sin importancia, o tan sólo una lata de gaseosas. En suma, nada.

No me moví siquiera del lugar desde donde observaba el río en acecho que continuaba, aunque más lento, su marcha creciente hacia la orilla de los troncos, las casas y mi cabaña. Seguía buscando entre la espuma la señal del indulto, la postergación del drama. Que, como muchas otras veces ocurriera, el abultado vientre de pronto se deshinchara ante un cambio en el viento, de ese modo retornara la calma a la ribera, y desapareciera lo que dentro de mí atenaceaba entrañas.

Pero la bestia marrón tan sólo reposaba preparando la próxima arremetida, quizá la final, la apocalíptica.

Fue entonces que pensé en el camalote y en el objeto que sobre él brillaba reflejando la luna semioculta. ¿Y si fuese valioso? Averiguarlo ahora no significaba demasiado peligro, pero si el río seguía creciendo ya no me sería posible. ¿Qué podía perder más de lo que la creciente amenazaba?

Me deslicé lentamente por el tronco húmedo, tratando de hacer pie en la tierra cada vez menos tierra y más barro. Tambaleando me acerqué al camalote. Cuando sentí que mis pies se hundían en el fango, dudé. Ya emprendía el camino de regreso. De pronto la luna se desprendió de sus velos nubosos y asomó su rostro iluminando la batalla del río contra la orilla.

Fue entonces que miré, como despidiéndome, la isla vegetal con su tesoro. Y la vi claramente. Era una esfera brillante, acerada, pulida y repulida, hermosa bajo su maquillaje de río y rayos de luna. Apenas tendría cinco dedos de diámetro y mi mano abierta sería capaz de contenerla con facilidad.

Me sedujo al instante y me di cuenta de que debía hacerla mía. Aunque el río bramara nuevamente, aunque mi cabaña estuviese irremediablemente perdida.

Olvidé mis temores, la creciente, la miseria, la pobreza y mis redes vacías. Tan sólo existía esa esfera brillante, pulida y repulida.

Luchando contra el barro me fui acercando al camalote, tomándome con fuerza de los troncos humedecidos, cayendo por momentos, asido de unas matas, arrastrándome como un loco hacia la esfera metálica.

Cuando estuve a un paso y ya mi brazo iba a arrojar su mano sobre el objeto ansiado, sentí frotarse algo contra las hojas. La luna iluminó una húmeda cabeza de serpiente.

Di un salto hacia atrás, cayendo sobre la orilla fangosa, resbalando. No sin dificultad logré reincorporarme al tiempo que observaba el camalote con su preciada carga custodiada por el reptil artero.

Una rama pasó flotando junto a mi pierna, arrastrada por la corriente implacable. La tomé entre mis manos, la alcé por encima de mi cabeza y, mirando fijamente los ojos amarillos que brillaban destacándose en la noche, descargué un golpe terrible sobre quien se interponía entre la esférica joya y mi ambición desatada.

Un ruido sordo como el de una lamparilla eléctrica al quebrarse se sumó a los fragores de esa noche extraña. Los dos puntos amarillos que casi adivinara en las sombras se apagaron para siempre entre las hojas.

Entonces la esfera me entregó su cuerpo. La tomé entre mis manos como adorándola, la acerqué a mi pecho y, entre río y viento, luna y sudestada, la llevé dificultosamente a tierra firme.

No quise regresar a mi cabaña por temor a que la creciente la abatiera. Preferí un camino más seguro, más apartado de la furia desatada.

El cansancio me condujo a una vivienda deshabitada de la que forcé sin dificultad la puerta. Me arrojé sobre una de las camas y me quedé dormido en ese instante, abrazado a la esfera, a la preciada esfera metálica.

No me importó más nada.

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Daniel A. Galatro

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