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CARTAS DE UNA MUJER JUDIA EN 1935

Una serie de cartas verdaderas con el trasfondo de la tragedia de la Shoa.
La historia verdadera en una serie de cartas.
Es un poco largo. Leerlo despacio como si fuera un libro. Es una emocionante serie de cartas entre el Viejo y Nuevo Mundo, en el tiempo desde antes de la Guerra y hasta después de ella.
Es un cuento de una hermana de Anita Luksemburg que sacó un 1er Premio en el concurso de Bayer y Editorial Santillana, cuyo tema propuesto fue "Mujeres con hormonas".
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COMIENZO
Lomza, 24 de Diciembre de 1935
Estimado Boruch:
Tengo frente a mí su tercera carta y su foto. Hace cinco días que la recibí y me urge responderle. Hoy es 24 de Diciembre, noche mala para los judíos. Usted sabe que los pogromos se nutren de brindis navideños. Hace ya varias horas que hemos cerrado puertas y ventanas, y estoy sola, en la penumbra de la sala, escribiéndole a la luz de una pequeña lámpara de kerosén. Padre, madre y hermanos duermen, o lo intentan, vaya una a saber. Pero esta noche tomé mi decisión.
Iré a su pequeño Paraíso y me casaré con usted. No quiero que se equivoque respecto a mí. No hay tiempo para cortejo. No hay tiempo para cartas. Sé todo lo que necesito saber. El tiempo es corto y yo tengo que escapar; tengo que huir de una guerra que amenaza a Europa, una guerra que será la peor de todas, estoy segura.
Y cuando esté allá, caminando firme por ese suelo de libertad que ya calienta mis pies, traeremos a mi familia y empezaremos una vida normal. Por eso me voy a casar. Usted hará todos los trámites necesarios y yo podré viajar como su futura esposa. Por supuesto, he investigado al novio. Sé que usted, Boruch, es una persona honesta e instruida y en la foto se lo ve interesante. Le agradezco que haya pensado en mí. Y ojalá yo sea la mujer que está buscando.
Como comencé a contarle en mi carta anterior, terminé el Gymnasium y hubiera querido seguir una carrera universitaria, pero usted sabe que acá, para nosotros, eso es casi imposible. Actualmente trabajo en un molino. Llevo los libros de contabilidad, manejo los impuestos, en fin realizo toda la tarea administrativa. Los dueños, cinco hermanos varones de carácter difícil y largas barbas enmarañadas, sólo aceptan mis indicaciones. Es uno de los pocos lugares donde me siento gente. Allí, y por supuesto en mi casa, donde leo hasta el hartazgo.
Amo Víctor Hugo, Dostoiewsky, Tolstoi, Pero eso no me alcanza. El ser humano necesita vivir en un lugar donde hablar, estudiar, trabajar, enojarse, reír, cantar y bailar no sea peligroso. Acá todo es oscuro. Desde que nací viví con el antisemitismo y siento que la guerra quema mis espaldas. Temo que se va a ganar un enorme dolor de cabeza conmigo. Porque, le aviso, no le va a resultar sencillo recibirme, contener mis sentimientos y aceptar mis exigencias.
No soy una persona fácil. Pero soy leal y agradecida. Le confieso que todavía no hablé con mamá… no sé como lo aguantará. Padre ya lo sabe y me apoya, aunque se ha transformado en una persona triste que comparte mi angustia, que intuye que la guerra está al borde de su cama, y sin embargo, no se decide a actuar. Él que es un hombre inteligente e instruido, que me enseñó tantas cosas, hoy se le acabaron las respuestas, y lo peor, casi no tiene preguntas. El kerosén se termina. Espero la documentación y los pasajes con ansiedad. Boruch, no se va a arrepentir. Pienso que yo tampoco.
Rifka
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Montevideo, 7 de Junio de 1936
Querido padre:
Como le conté en mi carta anterior Boruch y sus amigos vinieron a recibirme al puerto. Si bien entre ellos hablan idish, ya muchos se desenvuelven en un aceptable español. Es un idioma que muy pronto voy a dominar, estoy segura, porque se parece al francés. Usted sabe que para mí los idiomas no son problema. Fue una situación un poco extraña. Un apretón de manos, la aduana, las valijas, y todos marchando a la casa de los Chorberg, mis anfitriones. Boruch les alquila una pieza bastante agradable. Por ahora será nuestro hogar.
Les envío la foto de nuestro casamiento. Montevideo es una ciudad hermosa Vivimos en el Centro. Ya conocí las playas, los parques, las avenidas. Boruch es un buen guía. Conoce, y quiere agradarme. Este mes comenzamos a hacer los trámites para traer a Nina. No son nada fáciles. Hacen falta innumerables papeles y recomendaciones.
Recorro las oficinas, con mi español pequeño y mi inquebrantable determinación. Cuando Boruch puede, me ayuda. Él me tranquiliza: Lo vamos a conseguir, me alienta ¡pero yo estoy tan ansiosa! Si usted estuviera acá padre, se sorprendería al igual que yo. La gente es feliz, no hablan de guerra, caminan por la calle tranquilos, tratan de ayudarme, me dan tiempo para tratar de expresarme.
Padre ¡es un país tan libre que no sé cómo explicarle! Tampoco falta comida… ¿qué digo? Sobra. Pareciera que nadie tiene hambre. Ayer, el carnicero le regaló a una señora un trozo de hígado para su gato. Me preguntó si yo también tenía gato…y ese día almorzamos hígado con cebolla. Algo impensable en Lomza. ¡Cómo disfrutaría mameñu, viendo los almacenes llenos de frutas y verduras tan verdes, tan coloradas, tan amarillas para la mesa del Shabat! ¡Tanta carne! ¡Sesos! ¿Sabe que también los sesos se regalan?
De todas maneras, no me permito ni me permitiré ninguna extravagancia, no, hasta que los tenga a todos ustedes conmigo, en esta tierra que es una bendición. Boruch es un hombre sensible e inteligente, pero se conforma con poco. Es corredor de una fábrica de punto. No se gana demasiado con eso. Y como buen judío informado, pasa su tiempo libre discutiendo de política y jugando al ajedrez. No lo voy a cambiar. Necesito dinero para los pasajes y a pesar de todo lo que me esfuerzo, no logro ahorrar lo suficiente. Por de pronto debo hablar bien el idioma. Conocí a una maestra que me enseña español y en pago les doy a sus hijas clases de francés.
Padre, estoy borracha de ideas. La gente tiene dinero y lo gasta con facilidad. Tengo que fabricar algo, usar no solo la cabeza, sino también las manos. Necesito un poco más de tiempo. No mucho, apenas un poco más. Ubicarme, investigar, estoy segura que pronto compraré el pasaje de Nina. Y después los de Isaac. El tiene una esposa y una hijita, debo apurarme. Y el de Esthercita, y los de ustedes. Ya ve padre, respeto el orden que usted me ha impuesto. Ustedes, mis tan queridos padres, serán los últimos. Pero vendrán. Los salvaré a todos. Si pude atravesar el océano, casarme con un desconocido y enfrentar un nuevo país, casi sola, también podré traer a toda mi familia. Tengan confianza en mí. Besos para todos, especialmente para mamá. Los quiero mucho.
Rifka
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Montevideo 25 Julio de 1937
Querido padre: ¡Cuántas noticias! Lo primero: llegó Nina. Ya está instalada en casa y se la ve bien. Hemos hablado horas y horas. Está más madura, más grande. Pronto le conseguiremos un novio, ya verá. Ella dice que debemos apurarnos, que la situación en Europa es cada vez más desesperante. Hace años que lo vengo diciendo y ustedes no querían escucharme. Pero tengo algunas buenas noticias.
Hablo, escribo y leo español casi a la perfección y eso me ayuda muchísimo. Nuestros conocidos se asombran. Me lo propuse y lo conseguí. Ya no doy clases de francés. Alquilamos una casa de altos. Tiene siete habitaciones. Nos quedamos con cuatro y sub-alquilamos las restantes. Allí padre, instalé un taller de fantasías. ¿Cómo llegué a eso? Observando. Se me ocurrió que podía hacer pinches para sujetar los sombreros de las señoras. Después de muchos experimentos, pude hacer unos hermosos pinches de nácar.
Compré agujas de coser, lo suficientemente largas y duras, perlas de azúcar, como las que comen los niños, un mechero con alcohol, hice unas cajas de madera bien chatas donde derretí jabón de lavar, que luego se endureció, y un precioso nácar líquido y espeso. Así que un día encendí el mechero, calenté las agujas del lado del orificio hasta que quedaron rojas y las introduje en las perlas de azúcar. Bien derechas. Después, una tras otra, como soldaditos, las pinché en fila, en la caja con jabón ya endurecido, di vuelta la caja con mi preciosa carga, y despacio, muy despacio, las introduje en el recipiente que contenía el nácar. Un baño, después otro, con buen pulso, con mucho cuidado ¡y ya tenía mis pinches con perlas que parecían de verdad! Entonces salí a venderlas. Padre… ¡volaron! Resultaron más vistosas y más baratas que las que se venden por ahí. Al principio Boruch dudaba.
Pero después se convenció. Nina va a trabajar con nosotros, ella tiene buenas manos, y si hace falta tomaré alguna chica para que nos ayude. Ahora sí podré ahorrar. Además he conocido a una señora uruguaya, muy amable y muy sensible. Su esposo es un hombre influyente y ella le va a pedir que me ayude con los trámites. Y lo hará.
Padre, quiero decirle que me siento más segura. Las cosas irán más rápido, ya verá. Y sin embargo hay noches que no puedo dormir, y cuando por fin atrapo unos minutos de sueño, caigo en pesadillas horrorosas, veo calles con ríos de sangre tropezando con piedras a veces pequeñas, a veces enormes y seres sin rostro que me persiguen y yo corro y extiendo las manos y las recojo vacías, siempre vacías. Entonces grito y golpeo la almohada y Boruch me despierta, me abraza, me calma y con mucha paciencia me ayuda a conciliar el sueño. Pero nunca descanso. Estoy faltando a la verdad. Desde que llegó Nina, duermo mejor.
Padre, no se preocupe por mí. Preocúpese por todos ustedes, cuídelos y cuídese usted también. Y dígales a Isaac y a su familia que se preparen. Pronto recibirán los pasajes.
Los queremos.
Rifka
La nueva dirección es Ibicuy 1122 bis.
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Montevideo 29 de Julio de 1938
Queridos padres:
Pienso que los pasajes para Isaac y su familia ya llegaron. Les pido por favor que me lo confirmen de inmediato y me cuenten todo, necesito saber todo. El tiempo pasa tan rápido… a veces tan despacio y yo estoy acá, nerviosa, esperando vuestras cartas. Las noticias que leemos en los periódicos son terribles. He decidido que usted y mamá viajen con Esthercita. No los pienso dejar solos. Ya estamos juntando el dinero para vuestros pasajes, para los tres últimos pasajes, pero también me faltan algunos permisos. Y eso, para nuestra desesperación, lleva su tiempo. De todas formas, empiecen a prepararse. Padre, si no puede vender la casa, no importa, déjela, regálela. De una u otra forma la van a perder. En este momento lo único que tiene valor es la vida.
Me resulta difícil comprender lo que me pasa. Nos encontramos con amigos, me preocupo de que Nina consiga un buen marido, me siento contenta cuando hacemos buenas ventas y por primera vez, acepto la idea de un hijo.
A veces me río a carcajadas de alguna cosa tonta, o disfruto de una playa con sol, y entonces me pregunto, una y otra vez, si no los estoy traicionando ¿cómo puedo reírme, cómo puedo pensar en criar un niño, cómo puedo disfrutar del sol, cuando mis seres más queridos, todavía están en el infierno? No me quiero disculpar, no los quiero entristecer. Sólo quisiera escucharlo a usted, diciéndome como alguna vez lo hizo: Rifka, la vida continúa.
¿Sabe una cosa, padre? Ya tengo la cédula uruguaya, y en cuanto pueda, tramitaré mi carta de ciudadanía. Este es un país que usted va a amar. Yo, que lo conozco, lo sé. Y mamá también. Para Esthercita, estudiar acá será una bendición. La Universidad es gratuita. Ella es inteligente y hará una carrera.
Muchas veces pensé en ir yo a la Universidad, estudiar de noche, pero claro, es imposible, por ahora es imposible. Pero pude leer a Víctor Hugo en español. Leí "Los Miserables" por segunda vez y me sentí tan satisfecha conmigo misma, como cuando salvaba un examen muy difícil y usted, ese día, me abrazaba.
Un beso muy grande para todos. En mi próxima carta creo que ya les podré decir que Isaac, Tania y Súrele están con nosotros.
Rifka
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Montevideo, 30 de Octubre de 1938
Queridos padres:
Estos días estamos contentos y aliviados. Isaac, Tania y Súrele llegaron bien. Tuvieron un viaje difícil y cansador, pero llegaron y están en nuestra casa. Por ahora vivirán con nosotros, hasta que Isaac consiga trabajo y puedan pagar un alquiler. Yo sigo con mi taller adelante y puedo afrontar estos gastos sin demasiado esfuerzo.
Días y noches hablando con Isaac. Me ahogo, no quiero hablar más, quiero gritar, abrir las ventanas y gritar, solo gritar, que todos me escuchen, pero no puedo y sigo hablando porque la guerra está allí. ¿Qué falta para que Hitler invada Polonia? Anexó Austria, para alegría de los austríacos y Europa le ofreció en bandeja de oro los Sudetes para "preservar" la paz. Nadie quiere otra guerra. Pero él sí. El quiere su gran imperio alemán. Y sin judíos.
A nosotros nos persigue, como lobo hambriento. Es que para él y sus secuaces, nosotros somos los responsables de todos los males de la humanidad. ¿Qué falta para que la bestia devore el resto de Europa? Ya empezó padre, es un demente que no va a parar.
Boruch y yo seguimos trabajando duro. Cada vez falta menos. He tratado de conseguir un préstamo, pero por ahora no me han contestado. Entre los paisanos es difícil, porque todos están en lo mismo. Y los bancos tienen demasiados requisitos. De todas formas, tengan todo listo, porque pronto los vamos a traer.
Este viernes, por primera vez en casa, hubo olor a pescado y a sopa de pollo y a varénikes y a torta de miel. Todo mezclado. Yo caminaba por la casa, olfateando como un perrito, abrazando a Tania ¡querida Tania que a pesar del cansancio del viaje quisiste prepararnos una mesa de Shabat! Una mesa igual que las de mamá. Y yo que nunca supe cocinar, que no me gusta hacerlo, hoy disfruté de los manjares y también, de mi tristeza.
Isaac convenció a Boruch: quería conocer la sinagoga. Creo que Isaac necesitaba ese contacto con Dios. Boruch le presentó una cantidad de paisanos. Todos querían saber, un recién llegado de Polonia. ¿Cómo está la gente? ¿Se esconden? ¿Qué sabes de los ghetos? ¡Dios mío! Debemos apurarnos. Ellos, nosotros, todos vamos a salvar a nuestras familias. Un beso muy grande y sigan escribiendo. No saben lo que significa, acá, el timbre del cartero.
Rifka
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Montevideo, 1 de Setiembre de 1939
Queridos padres:
Tengo frente a mí el diario anunciando el comienzo de la guerra. Francia y Gran Bretaña por fin enfrentaron a Hitler, y en este momento estoy rogando a Dios, con la poca fe que me queda, que ustedes estén navegando. Recibí vuestra carta y sé que llegaron los pasajes; pero no sé si han podido tomar el barco, no lo sé.
Estoy sentada sobre una silla mojada. Acabo de perder las aguas, pero no me puedo levantar. Estoy sola en casa y siento que la silla y yo somos un solo cuerpo pegajoso. Tengo que avisarle a Boruch que el bebé se adelantó. Dos semanas. Comenzaron los dolores. Debo apurarme y llamar a mi marido. Debo tener paciencia y esperar a mis padres y a mi hermana.
Dolor, paciencia, esperanza, otra vez dolor ¿qué clase de dolor? ¿Del cuerpo, del alma? Se me revientan las entrañas, el bebé quiere nacer, no sé dónde están ustedes y por primera vez soy consciente de la magnitud de mi miedo. Que esta carta jamás llegue a vuestras manos.
Los adoro.
Rifka
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Perlas de azúcar, agujas gruesas y largas, nácar, una y otra vez: pone y saca, baña y seca, miles, decenas de miles de pinches y horas y días y sábados y domingos y pasajes, tres pasajes que llegaron, si, llegaron, un milagro, lástima, padre tuvo miedo de subir a un barco que seguro que no iba a llegar; los alemanes tenían aviones, bombardeaban los barcos y los hundían y ya había estallado la guerra y quien sabe… tal vez sería mejor esconderse o huir y no morir en medio del mar. Por eso no subieron al barco, lástima, el último que llegó al Uruguay. Intacto. Y no hubo otro más. No hubo otro más.
Hoy es primero de setiembre de 1947. Mi hija mayor, la que nació con la guerra, cumple ocho años y esta vez, no me preguntó por sus abuelos. Todos sus amigos tienen abuelos. Los domingos comen en sus casas y en los cumpleaños ellos les traen regalos. Pero Jánele y su hermano no los tienen; y los hijos de Isaac, y los de Nina y tantos otros que se salvaron del horror, como nosotros, tampoco. Ellos constituyen una nueva generación: la generación de los niños-sin-abuelos. Sus familias comienzan con nosotros, y se completan con nuestros recuerdos.
Duermo mal. Mis sueños están llenos de pesadillas. Y sin embargo, cuando despierto ya no las recuerdo. Sólo me queda ese dolor profundo, que comienza en la mañana y me acompaña todo el día. A veces tengo una mínima esperanza... quién sabe, tal vez, una carta, un milagro.
Sólo una pesadilla se repite. Y entonces la recuerdo. Veo al globo terráqueo, inmóvil, sudando sangre. Y niños, millares de niños, tomados de la mano, bailando a su alrededor. Los escucho cantar… si… cantan alegres canciones de niños, sonríen, mueven sus diminutos pies desnudos con gracia, las cabecitas llenas de rulos. Miro sus ropas: están vestidos con túnicas largas, algunas rojas, otras blancas. Disfruto mirándolos.
Y de pronto todo cambia. Ya no bailan. Las gotas de sangre se transforman en ríos y sus pies se encharcan en ese líquido espeso y oscuro. Asustados deshacen la ronda, se aprietan, se abrazan, se juntan formando montículos de niños carnosos.
Cráteres enormes quiebran la tierra y los tragan poco a poco paladeando su festín, convencidos e inmutables. Me despierto y corro, corro en un egoísmo supremo, a vigilar el sueño de mis hijos, y después caigo, caigo a los pies de sus camas y con la cabeza entre los brazos, ahogando mi grito, lloro por los tantos niños rojos que murieron y por los tantísimos niños blancos que no tuvieron la oportunidad de nacer.

http://escondidoenunrincon.blogspot.com/2008/05/mujeres-con-hormonas-ana-luksemburg.html
Enviado por Raúl Reuben Vaich desde Israel.
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