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"El dueño de mi arte" - María Border - Fragmentos


"El dueño de mi arte"
©María Border - Colección Novelas 2013
En Amazon.

Julieta Figueroa Paz era un torbellino caprichoso de cinco años cuando conoció a Lautaro Díaz Villar un poco más grande que ella. Él la llamó “linda” y le regaló las primeras acuarelas con las que Julieta descubrió su pasión por pintar.
La atracción crecerá con ellos en el tiempo. Cada encuentro estará signado por la fascinación que se tienen, pero ambos son orgullosos y desafiantes y ninguno está acostumbrado a perder.
Él peleará por poseer sus pinturas y a Julieta.
Julieta será una contrincante difícil y aceptará cada desafío.
“Siempre hago lo que se me da la real gana Julieta. Creí que lo sabías”.
“Creciste en medio de gente que te hizo creer que sos lo máximo. Despertate Lautaro. Sos de carne y hueso. Un mortal al que se puede tomar o dejar. Igual que a cualquiera”.
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Me asusté cuando un chico más grande que Leandro, levantó el mantel de la mesa bajo la que estaba escondida y me miró asombrado. No quería ser interrumpida, así que le saqué la lengua y le puse mi cara más temeraria. Pero no se asustó, me clavó la mirada y se sentó en el piso al lado mío con las piernas cruzadas, debajo de la mesa.
* * * * * * *
—Muchas gracias por concederme su primer baile señorita. —dice mientras me besa los dedos de la mano que mantenía atrapados, llevándome hasta mi mesa y dejándome envuelta entre algodones de nubes imaginarias. Antes de irse, me pregunta mi nombre:
—Julieta.
—Me encantaría decirte que soy Romeo, pero mi nombre es Lautaro.
Mi mente de nena vanidosa, se ofende sobremanera. Conozco la historia de Romeo y Julieta porque mamá me la contó. No puedo resistirme y le contesto—: Yo no me mato por nadie.
* * * * * * *
Con cuidado y lentitud se quita su saco, lo coloca sobre mis hombros, dejando sus manos apoyadas allí, mientras me mira. Yo floto a metros del pasto con cosquillas en el estómago, la piel encendida hasta las mejillas y una rara sensación recorriéndome, que no me permite recordar qué preguntas me estaba haciendo hace menos de un segundo.
—¿Qué me hacés? —me pregunta cuando ya tengo suficiente con buscar mis respuestas, sin tener que preocuparme también por las suyas.
Me estremezco cuando toma entre sus dedos mi barbilla y besa mis labios suavemente sin dejar de mirarme. Sus ojos observan los míos abiertos como platos, que lo interrogan desorientados solo un momento, porque al segundo caigo entregada a esos labios carnosos y suaves que me enseñan a besar y me doblegan sin que quiera oponerme.
—Feliz cumpleaños Julieta —sentencia antes de regresar al edificio, dejándome abrazada a su saco, temblando pero no de frío, y con los labios ardiendo.
«¿Qué fue eso? Me besa y… ¿se va?»
Sus palabras vuelven a recordarme la inquietud que sentí años atrás con lo de Romeo y Julieta y recobro la sensación de bronca y odio que sentí en aquel momento. Trino y tomo temperatura sintiendo una incontenible sed de venganza. Recupero el motivo por el que acepté bailar con él hace un momento. Me dirijo al salón sacándome gente de encima hasta que logro divisarlo. Camino con paso firme y decidido hasta él, me le paro justo enfrente quitándome el saco y “entregándoselo”. Lautaro deja de hablar con el juez no sé cuánto, e inmutable me mira con lo que creo es una invitación a desafiarlo.
—Gracias —le digo sin disimular mi molestia, dándole la espalda, para regresar a la pista con mis amigos y mi fiesta, encargándome de que note que no me mueve ni un pelo el que sea un tipo grande y me haya besado. Lo mío es fastidio al extremo.
«Mi fiesta de quince no me la arruina ningún confianzudo engreído».
* * * * * * *
Sus dichos despiertan un instinto asesino que jamás tuve. Su orgullo y altísima arrogancia lo convierten en lo más alejado que puede haber de la imagen de un caballero, que de cualquier manera ya no me atraería. Por un segundo pienso, lo que harían con él una buena cantidad de mis heroínas de novelas románticas de la adolescencia, incluso lo que le haría yo, para acabar con su mirada y sonrisa pedantes hasta lo indecible. El recuerdo de mi comportamiento cuando me regaló las primeras acuarelas, me hace sentir que somos igual de caprichosos.
* * * * * * *
Me frena en un solo movimiento. Lo largo de sus piernas le permite alcanzarme con facilidad para girarme y rodear mi cintura con un brazo atrayéndome hacia él y tomándome con el otro por la nuca. Me clava su mirada gris y yo le respondo furiosa pero sin moverme. Mis ojos le gritan mi enojo, mientras mi cuerpo traidor se embebe con su cercanía. Abre su boca apoyándola con experiencia sobre la mía. Cierro fuerte mis labios. Ya he caído con anterioridad en su trampa, esta vez soy mayor y no me agarra tan desprevenida. Sus labios no se alejan de los míos aunque no intentan forzarlos. Su mano en mi cintura se mueve acariciando mi espalda con suavidad, en tanto la otra camina desde mi nuca a mi barbilla, pasando suavemente por mi oreja y mi cuello, encendiéndome. Sus dedos recorren mi cara, una y otra vez. Sus labios se separaran solo unos milímetros de los míos y siento nuestros alientos mezclados y agitados.
Sus manos son firmes y suaves a la vez. Sus ojos grises continúan pidiéndome permiso, anclados en la admiración que les provoca mi boca. Pienso que son aquellos ojos grises que me regalaron acuarelas, que bailaron conmigo por primera vez. Son los labios que me enseñaron a besar y después de los cuales ya no existió ningún sabor que los igualara. Gimo sin poder evitarlo y aprovecha mi debilidad para introducirse en mi boca nuevamente, como a mis quince años.
* * * * * * *
Me derrite y me reconstruye, solo para volver a derretirme a su antojo. Me consume cada gota de vanidad y al mismo tiempo la acrecienta.
* * * * * * *
Acerca a mí su cara, su brazo sigue en el respaldo y su pierna no se mueve.
—Yo ya estoy en tu vida Julieta. Recordalo.
—Estuviste —lo corrijo.
—Estoy. Estoy en cada vibración de tu cuerpo, en cada suspiro. No podés evitarlo.
«Arrogante de mierda».
* * * * * * *
—Como sea. Siento que porque nos echamos un buen polvo, te crees el dueño de mi placer.
—Si mal no recuerdo, no fue “un polvo”, fueron varios. De cualquier manera, soy el dueño de tu placer Julieta. Es lo único de vos que me pertenece —me mira desafiándome.
—¿Querés ver qué bien puedo hacerte creer eso? —yo no me quedo atrás.
—¿Practicaste con tu compañerito?
* * * * * * *
Estocada por estocada. Golpe por golpe. Iguales.
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