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James Joyce: Ulysses (”Ulises”) - Capítulo 10


Stephen Dedalus observó a través de la vidriera en forma de tela de araña cómo los dedos del lapidario comprobaban una cadena desgastada por el tiempo. El polvo ensuciaba la vidriera y los estuches formando una tela de araña. El polvo oscurecía los laboriosos dedos con sus uñas de buitre. El polvo dormía en desgastados aros de bronce y plata, rombos de cinabrio, sobre rubíes, rocas leprosas y oscuras como el vino.

Todas nacidas en la oscura y agusanada tierra, frías chispas de fuego, malvadas luces brillando en la oscuridad. Donde los arcángeles caídos arrojaron las estrellas de sus frentes. Embarrados hocicos de cerdo, manos, raíz y raíz, las agarran y se las sacan.

Ella baila en una fétida tiniebla donde la encía se quema con ajo. Un marinero, de barba oxidada, toma un trago de una jarra de ron y le echa un ojo. Un largo y silencioso estado de celo, alimentado por el mar. Ella baila, salta, moviendo sus porcinos perniles y su cadera, un huevo rubí aleteando en su grueso vientre.

El viejo Russell con un embarrado harapo de gamuza volvió a pulir su gema, la dio vuelta y la sostuvo a la altura de su barba de Moisés. El abuelo mono codiciando un botín robado.

¡Y ustedes que arrebatan viejas imágenes de la tierra de la sepultura! Las palabras enfermas de los sofistas: Antístenes. Un saber de drogas. Naciente e inmortal trigo erguido de siempre a siempre.

Dos ancianas refrescadas luego de una bocanada de aire salobre caminaban pesadamente a través de Irishtown por London Bridge Road, una con una sombrilla llena de arena, la otra con un bolso de comadre donde se retorcían once berberechos.

El zumbar de ondulantes tiras de cuerina y el canturrear de los dínamos de la usina urgieron a Stephen a continuar. Seres sin ser. ¡Alto! Un latir siempre fuera tuyo y el latir siempre dentro. Tu corazón del que cantás. Yo entre ellos. ¿Dónde? Entre dos mundos que rugen donde remolinean, yo. Hay que destruirlos, uno y ambos. Pero aturdirme también en el golpe. Destrúyame el que pueda. Alcahuete y carnicero, eran las palabras. ¡Digo! No por un rato. Una mirada a los alrededores.

Sí, es cierto. Muy grande y maravilloso y lleva la famosa hora. Usted dice bien, señor. Una mañana de lunes, era, en efecto.

Stephen bajó por Bedford Row, la manija del fresno castañeteando contra su omóplato. En la vidriera de Clohissey una impresión descolorida de 1860 de Heenan boxeando contra Sayers capturó su mirada. El público simpatizante con sombreros cuadrados se encontraba de pie rodeando las cuerdas del ring. Los pesos pesados en livianos pantalones cortos se proponían gentilmente uno al otro sus puños bulbosos. Y laten: corazones de héroes.

Se dio vuelta y se detuvo al lado del inclinado carro de libros.

- Dos peniques cada uno, dijo el vendedor ambulante. Cuatro por seis peniques.

Páginas andrajosas. El Apicultor Irlandés. Vida y Milagros del Curé de Ars. La Guía de Bolsillo de Killarney.

Podría encontrar aquí empeñado alguno de los premios que gané en la escuela. Stephano Dedalo, alumno optimo, palmam ferenti.

El padre Conmee, habiendo leido sus horitas, caminó a través de la aldea de Donnycarney, murmurando vísperas.

Probablemente una encuadernación demasiado buena, ¿qué es esto? Libros octavo y noveno de Moisés. Secreto de todos los secretos. Sello del Rey David. Páginas con pulgares marcados: lectura tras lectura. ¿Quién estuvo aquí antes que yo? Cómo suavizar las manos agrietadas. Receta para vinagre de vino blanco. Cómo ganar el amor de una mujer. Este es para mí. Decir el siguiente conjuro tres veces, con las manos juntas:

Se et yilo nebrakada femininum! Amor me solo! Sanktus! Amen.

¿Quién escribió esto? Encantos e invocaciones del bendito abad Peter Salanka para divulgación a todos los verdaderos creyentes. Tan bueno como cualquiera de los otros encantos del abad, como los del murmurante Joachim. Abajo, pelado, o te trasquilamos la lana.

-¿Qué hacés por acá, Stephen?

Los altos hombros de Dilly, y su ajado vestido.

Cerrá el libro rápido. Que no vea.

-¿Qué hacés vos? dijo Stephen.

La cara de estuardo de un sin par Carlos, mechas de pelo lacio cayendo a los costados. Resplandecía cuando ella se arrodillaba para alimentar el fuego con botas rotas. Le conté de París. Tirada tarde en la cama bajo un edredón de viejos abrigos, manipulando un brazalete barato, regalo de Dan Kelly.Nebrakada femininum.

-¿Qué tenés ahí? preguntó Stephen.

-Se lo compré al otro vendedor por un penique, dijo Dilly, riendo nerviosamente. ¿Vale algo?

Mis ojos dicen que ella tiene. ¿Los otros me ven así? Rápidos, distantes y audaces. Sombra de mi mente.

Tomó el libro sin tapas de la mano de ella. Elementos de francés, de Chardenal.

-¿Para qué te compraste esto? preguntó él. ¿Para aprender francés?

Ella asintió, enrojeciendo y apretando los labios.

No muestres sorpresa. Que se vea natural.

-Tomá, dijo Stephen, no está mal. Cuidá que Maggy no te lo empeñe. Supongo que ya todos mis libros lo estarán a esta altura.

-Algunos, dijo Dilly. No tuvimos otra.

Se ahoga. Remordimiento. Salvala. Remordimiento. Todos contra nosotros. Me va a ahogar con ella, ojos y cabello. Rodetes lacios de cabellos de algas a mi alrededor, alrededor de mi corazón, de mi alma. Salobre muerte verde.

Nosotros.

Remordimiento de conciencia. La conciencia que remuerde.

¡Miseria! ¡Miseria!
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Ulises (fragmento de novela)
por: James Joyce
http://goo.gl/PFSYv
Enviado por monografias.com

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