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Miguel Ángel Caballero Figún: recordación de un escritor paraguayo

La poesía lo acompañaba siempre. Y dicen que gustaba de escribir en un papel, en una servilleta, aquellos poemas que salen a la luz de la versificación, con una velocidad no acostumbrada.

Yo tuve la ocasión de saludarlo personalmente cuando ocurrió el derrocamiento de Stroessner. Había ido, como muchos otros febreristas, y gente del pueblo que celebraba la caída del dictador, a “La casa del pueblo”. Los recién llegados, los que venían después de un largo exilio y subían a la tarima para hacer llegar su voz al público, hablaban con un tono vehemente, trágico, y él, Miguel Ángel Caballero Figún, tenía el rostro marcado por la sorpresa y la emoción, mientras los observaba y los escuchaba entre el gentío.

Después, en otra oportunidad, me lo encontré cerca de casa, durante una siesta calurosa de diciembre, y le dije, le hablé de su poesía, haciendo hincapié en la fuerza y en la coherencia de su palabra. “Esperame, Delfina; voy y vuelvo”, me dijo. Al rato llegó hasta mí con dos papeles y sendas poesías que revelaban ese lado culto y profundo de su decir poético.
Cultivó el lirismo.

Y también la poesía social o de compromiso.
Miguel Ángel Caballero Figún honró a las letras paraguayas.
El polvo no podrá con él.
Es cierto que fui a su entierro, acompañada de otro poeta, William Baécker, a darle la despedida postrera. Pero la muerte es para los otros, para los que no saben aprisionar la existencia entre sus besos y entre sus manos.
Él vivió la vida a su estilo.

Y a su estilo escribió, haciendo de la palabra un arma de fuego, una aurora perenne, un costado de su cuerpo mismo.
Encontró en el Arte una manera de transformar la esencia de su alma, de manera que puede decirse, sin lugar a dudas, que vivió en un escenario donde un reflejo de sus sueños lo alumbraba como una farola.
Era amable.
Era instruido.
Pertenecía o estaba afiliado al Partido Revolucionario Febrerista.
Dirigió la revista “LA REPÚBLICA”.

Y se nos fue.
Y hay una luz en el lugar que dejó.

De su autoría son los siguientes títulos: Del tiempo gris y Los fuegos (1977), sus primeros dos poemarios; Los otoños (1978), ganador (en el género de poesía) del Segundo Premio Municipal de Cultura; Las márgenes del cielo (1981), Los adioses (1987), y De la eternidad (1991). A mediados de los años ochenta publicó, bajo el seudónimo de Blas de Añazco, un violento alegato político y social con el título de Ecos del silencio.

Viento de la Patria


Viento de la Patria,
suspiro largo de dolor y sueños,
llamarada y dolor.

Infierno verde,
se apaga el alba...

Tristes esqueletos,
derramad en nuestra noche
el antiguo resplandor de las estrellas
y la mirada de furia
de los ojos de ayer.

Vientos,
llevad la paz,
la paz de los sepulcros
y empapad los rincones de la tierra
con nuestro olor a muerte.

Triste

mi tierra,
águila herida,
tus alas inmensas
buscan el aire,
tu boca abierta
bebe la luz.

Morada de los sueños fulminados,
nido de trueno...

Viento de la Patria,
agua del río,
torrente de silencios,
trago de sol
y el aluvión del cielo.

Sinfonía de estrellas sepultadas

en los ríos de sangre,
en las oscuras noches de exterminio...

Miguel Ángel Caballero Figún
---
Recordación suprema
Delfina Acosta
abc digital
17 de Octubre de 2010

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