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SER MIEMBRO DEL CLUB DE LOS MELÁNCÓLICOS

Estuve leyendo el último libro de cuentos de Delfina Acosta El club de los melancólicos y la primera reflexión que me vino en mente fue una pregunta ¿Qué tienen los poetas cuando escriben cuentos?

Aventuro una respuesta: tienen música, un ritmo interior que hace bailar las ideas y que nos embriaguen esas escenas que el poeta describe.

Cuando un prosaico prosista narra un cuento busca la exactitud, la coherencia, lo pedestre, las explicaciones lógicas, un final decente.

En general los narradores queremos sentirnos parte del stablishment - de lo políticamente correcto - y que nadie diga de nosotros que nos hemos entregado a la droga de la poesía, de la irrealidad.

Pero, los cuentos de los poetas, ah... los cuentos de los poetas son infinitamente más bellos y, en estos de Delfina, hay magia y atmósfera. Algo difícil de conseguir, lo de la atmósfera, digo.

Sus mujeres siempre están solitarias como Penélope en la estación de tren esperando su primer amor. Son mujeres buenas, calmas, con la belleza de la madurez y la serenidad de quienes saben que los sueños se cumplen, a veces, demasiado tarde.

Los hombres de los cuentos de Delfina navegan por las páginas temerosos de intimar con esas féminas raras, que aman el arte y hacen un culto de la nostalgia.   

Y, como todo escritor que se precie, la Delfina también aparece, me parece escuchar su voz de niña buena, cuando habla de la vecina asmática o de la que cuida el jardín. Es ella, es Delfina con su capacidad para describir los seres humanos simples y tiernos.

En los cuentos de Delfina siempre hay flores de nombres raros y perros, pájaros y gatos. Hay farmacias donde compra violeta de genciana, elemento tan antiguo como el azul de metileno, que los poetas usan para teñir de azul sus versos y para desinfectarlos y evitar así cualquier contagio de realidad común y silvestre.

 Ella se rodea de vida, vida palpitante, riente o sufriente y uno se sienta en el sofá con tapizado de seda para charlar con Sara Arzamendia y para darle algún consejo literario.

En “El gallo”, hay un pueblo como cualquiera, poblado por recuerdos y viejos, viejos, ancianos que se aferraban a la rutina como una soga salvadora. El cuento es sencillamente hermoso. Hay otros cuentos que hablan de las angustias de los escritores y de los poetas, todos melancólicos e inseguros.

En este libro Delfina es una guía, pero no del Ejército de Salvación, ella es la que arroja luz sobre las angustias de esos seres tan desvalidos como son los creadores.   

Si usted desea hacer un recorrido por el interior de un humano que puede parecer normal por fuera, lea a Delfina, ella le mostrará la verdad que alienta en cada suspiro.

LITA PÉREZ CÁCERES
jueves 4 de noviembre de 2010

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